1 enero 1970 | Intress

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Nadie la esperaba, nadie la deseaba, nadie la había presentido, pero llegó a invadirlo todo como una espesa y amenazadora niebla que difuminó el cuerpo y el espíritu de todos los seres de la Tierra, sus vidas, sus ilusiones, el curso de sus días, su salud personal y la de su entorno familiar y social. Muchos de ellos perdieron sus personas queridas, parientes, amigos, vecinos… Los laceró sin piedad echando sal en las heridas que había abierto en sus carnes y en sus almas.
También frenó el ritmo de las actividades cotidianas, cambiando el modo de realizar la vida diaria y la forma de enfrentarse a todos los retos y problemas pequeños y grandes.
El tiempo pareció pararse como si el planeta hubiera decido interrumpir su marcha en el espacio sideral. En el ominoso silencio de las ciudades y lugares de reunión sonaban de manera preferente tenebrosos términos, unos conocidos y otros de nuevo cuño: pandemia, coronavirus, covid-19, mascarillas, gel protector, lavado de manos, confinar, cuarentena, test de antígenos, PCR, confinamiento, estado de alarma, morgue, primera ola, desescalada, segunda ola, contagiados, muertos, sanitarios, respiradores, UCI, UCI, UCI… Las restantes palabras que expresan alegría, esperanza, diversión, acercamiento, quedaron relegadas casi al olvido, esperando tiempos mejores ocultos en un horizonte incierto.
A los miembros del voluntariado de Intress también nos llegó la pandemia sin hacer distinciones: Al 13 de marzo éramos 105 voluntarios, entre mujeres y hombres, los que estábamos colaborando con entusiasmo en los centros, dando lo mejor de nosotros y recibiendo a cambio el hermoso regalo de la respuesta, el afecto de las personas atendidas y el aprendizaje sobrevenido.
A partir de ese día, todo sufrió un cambio radical y doloroso: Perdimos la cercanía con las personas atendidas y tuvimos que aparcar para un mejor momento nuestros deseos de ayudarlas presencialmente. Bueno, a algunos voluntarios y voluntarias no les afectó, porque tuvieron la fortuna de poder continuar colaborando, ya que las especiales características de su actividad se lo permitían, siempre que cumplieran las ineludibles normas impuestas por los preceptos oficiales.
Hablemos un poco de estas “afortunadas” personas voluntarias:
En la Zona Norte, aquéllas, cuyos nombres desconozco, que apoyan en los centros de Infancia, siguen aún cumpliendo su cometido.
En la Zona Este, algunas continúan ejerciendo su voluntariado, pero sólo en centros restringidos.
Las coordinadoras del voluntariado en las Zonas Norte y Centro se mantienen en la brecha, utilizando para ello los asombrosos medios tecnológicos.
Luis y su grupo siguen emiten en la radio comunitaria, los martes de cada semana, su magnífico programa “Mejor Imposible”, ayudándose ahora del Zoom, (¡bendita tecnología que nos permite hacer fácil lo difícil!), consiguiendo con sus emisiones mitigar la soledad, el miedo y el hastío de los oyentes confinados, poniendo un rayo de sol en la monotonía de su jornada.
Juan, el policía, entrena los viernes al equipo de fútbol disfrutando, en la medida de lo posible, de la libertad condicionada que ofrece su ejecución al aire libre.
Carlos, el jardinero, cuida como siempre las plantas que embellecen el ambiente de su CRPS de referencia, poniendo un matiz de alegría en el entorno.
María Elena y Andrea se han incorporado recientemente a un proyecto, en el que colabora el CRL Vallecas, de dinamización del barrio para el embellecimiento de sus balcones y ventanas. ¡Hermosa labor que puede dar muchas satisfacciones a los viandantes que tengan la oportunidad de contemplarlos!
Pilar continúa con sus clases de pintura en su CRPS, queriendo combatir así la tristeza y oscuridad de estos tiempos con el arma de sus pinceles que plasman la belleza en los lienzos y láminas de dibujo. ¡Un regalo para la vista y una sensación de serenidad para el espíritu!
Ahlam comienza su colaboración en un centro de la Zona Este, apoyando las tareas de gestión y de ocio. Próximamente, se incorporará una nueva voluntaria a realizar su tarea como linkavole, online, por supuesto.
Pero, el resto, ¡ay, el resto! se resigna a esperar pacientemente que la situación vuelva a ser la de antes para continuar realizando su voluntariado y así atender a la infancia, a las mujeres maltratadas, a los disminuidos intelectualmente, a los mayores en residencias y centros de día, a las personas afectadas por el mal de la enfermedad mental… A todas, todas aquéllas sobre las que recae de forma cruel el riesgo de la exclusión social.
Esos hombres y mujeres voluntarios han dejado reposar sus ansias de ayudarlas, de hacerlas sonreír, de aportarles su dedicación para que consigan ser más fuertes y seguras de sí mismas.
Esperan con ilusión que llegue el momento en que la sociedad reviva; de que las mascarillas no oculten la sonrisa y puedan ser arrojadas al contenedor más cercano; de que las palabras de aliento y de consuelo puedan ir acompañadas de un respetuoso acercamiento corporal; de que nadie pueda mirarlas con desconfianza cuando avancen medio paso en la fila del cajero o en el ascensor; de que no se vea ya salir de los colegios a una legión de estudiantes con su faz semicubierta por la obligatoria protección; de que puedan ver la expresión facial completa de las personas que las atienden en las consultas médicas, en los transportes, en los bares, en los comercios; de que sus cuerpos puedan ser enteramente libres; de que el sol brille para toda la humanidad con el mismo fulgor.
Podría enumerar muchos nombres de esas personas voluntarias, pero sería farragoso. Basten, como ejemplo, los siguientes:
Luis-Javier, Dinora, Ana-Isabel, Clara, Javier, Andreu, Juan Carlos, Jaume, Manuel, María, Soledad, Santiago, Montse, Vicente, Gorka, Aitor, Cecilia, Paqui, Trinidad, Carmen, Anna María, Carolina, Rosa María, Eulalia, Vicente, Nuria, María Jesús, Catalina, Víctor, Marta, Margarita, Martina, María José… En fin, hombres y mujeres en callada espera, los aludidos y los no nombrados, hasta alcanzar el número de 105, que realizaron con ilusión y ansias de ayudar su colaboración a comienzos del año en curso y que vieron cortadas sus alas un 13 de marzo de infausta memoria.
El Voluntariado de Intress no ha muerto: está más vivo que nunca. Ahora calla, pero hablará con voz fuerte cuando todo esto haya pasado. Y ¡pasará! ¡Qué así sea!

 

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